sábado, 24 de septiembre de 2016

Pautas para elegir el socio ideal

Entre el 15% y el 20% de los fracasos de las nuevas empresas se deben a conflictos entre los socios que la crearon.  Diferencias financieras en criterios de gestión o incluso entre las parejas de los socios pueden dar al traste con un buen negocio.  Aunque no existe una receta mágica que garantice que una sociedad entre dos o varias personas va a funcionar a la perfección, sí hay una serie de normas que se deben tener en cuenta y que, a priori, pueden garantizar al menos un entendimiento entre las partes.

Una persona ambiciosa, honesta o popular.  Emprendedora o con cierto nivel de solvencia.  Que sea prudente o no.  Son preguntas que conviene no olvidar y tener en cuenta a la hora de encontrar el socio ideal.


Precauciones

La mejor solución para evitar roces es atar legalmente los problemas potenciales que se pueden presentar entre los socios y afianzar el proceso de constitución de la empresa desde el principio.  Destacamos algunas precauciones:

Saber explicar claramente la propuesta.

El proyecto empresarial se recoge en el Plan de Empresa, para el cual se puede contar con ayuda externa, pero el emprendedor tiene que saber comunicarlo perfectamente.

Para ser un buen hombre de negocios quizás no sea necesario ser capaz de convivir, pero para ser buen emprendedor es necesario convivir y eso requiere comunicar y convencer.

Profundo conocimiento.

“La historia personal, profesional, académica, sus aficiones, cómo vive y cuanto gasta cada uno de los socios son elementos de juicio imprescindibles a la hora de una eventual apuesta.  Todo ello exigirá meses de contacto, pero esta inversión de tiempo no será en vano en ningún caso”

Asegurar al responsable.

“Es frecuente que el negocio dependa en gran medida de una persona, de ahí la necesidad de algún seguro que le proteja de eventualidades (incapacidad, fallecimiento,…) durante el tiempo que la dependencia en exceso sea manifiesta”

Cubrir a los minoritarios.

“Un socio puede tener la mayoría del capital siempre que se acepte un reconocimiento en los estatutos para que una serie de decisiones claves (ventas de activos, adquisición de deuda o variaciones de capital) exijan un consenso reforzado con una minoría razonable” Por ejemplo, si un socio tiene el 60% y se exija para estas decisiones un 70% u 80% del capital, lo que implica a otro 1 0% o 20%.

Errores más frecuentes

Uno es el más fuerte.

El reparto de competencias debe quedar muy claro desde el principio.  Las co-presidencias nunca son buenas.  Sin embargo, un socio en clara mayoría y otro en minoría puede llevar a que el primero imponga su ley sin contar con los minoritarios.

El inversor no es necesariamente un buen gestor.

 A menudo se recurre a personas cuyo principal activo es que disponen de capital.  Esto no debe suponer un puesto de responsabilidad en la gestión diaria, para lo cual puede no estar preparado.  Las consecuencias a medio plazo son desastrosas.

Diferente formación y culturas opuestas.

Si en las fusiones de bancos puede ser un handicap que tarda varios años en resolverse, en una pequeña y nueva empresa resulta desastroso.  La creación de un equipo, al margen de la capacidad de inversión, exige la complementariedad de los asociados en función del talento de cada uno.

Un reparto ilógico del capital.

La división del capital se hace a veces siguiendo sólo criterios financieros, lo que resulta ilógico cuando uno de los socios aporta fundamentalmente su inventiva o su materia gris.  Una diferencia inicial de 6.00 € puede ser de 60.000 € unos años después.

Recomendaciones


Prudencia

Esa es la norma básica a la hora de escoger un socio.  Todo lo demás depende de tal cantidad de factores externos que es muy difícil establecer principios básicos de selección, aparte de los obvios.  Un juerguista nato o una persona con problemas de alcohol, juego o drogas, por ejemplo, es por regla, descartable.  Es necesario analizar a la persona, contrastar con conocidos la información que se tiene de ella, pedir referencias e incluso, indagar en su pasado.

Conocimiento.

Los amigos y familiares que nos rodean suelen ser la primera opción que se baraja a la hora de buscar un socio.  Conocer a fondo tanto sus virtudes como sus defectos puede ayudarnos a escoger entre ellos.
Es necesario, sin embargo, que no se vean coaccionados por la relación existente para participar en el proyecto, sino que participen en el mismo por voluntad y deseo propio.

Claridad.

Es importante dejar claras las reglas del juego desde el primer momento, sobre todo si los socios son familiares o parientes.  Marcando bien las pautas de trabajo se evitan bastantes problemas, muchas veces absurdos, que van destruyendo la relación.
                   
Número.

Hay que partir de la base de que cuantos más socios haya, más difícil es que se pongan de acuerdo.  Por lógica, dos personas sería un número ideal, pero hasta tres, sería una sociedad “políticamente correcta”

Solvencia.

Debe tratarse de una persona con cierto nivel de solvencia.  Un socio que dependa directamente y desde un principio de lo que produzca con el negocio, puede ser una dificultad.  No se trata de buscar un capitalista, sino de elegir alguien que al menos durante unos meses, pueda ejercer su nuevo puesto en la sociedad, sin la presión económica que supone, por ejemplo, una hipoteca.

Suerte

Es el factor decisivo y sobre el que nadie puede actuar.  Sólo un consejo muy básico.  En su elección, descarten a los gafes.  Por si acaso.


A pesar de todo, y aunque se tengan en cuenta todas estas claves en el proceso de selección del socio ideal, sólo el tiempo revela si se acertó o no con la elección. 

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