Entre el 15% y el 20% de los fracasos de las nuevas
empresas se deben a conflictos entre los socios que la crearon. Diferencias financieras en criterios de
gestión o incluso entre las parejas de los socios pueden dar al traste con un
buen negocio. Aunque no existe una
receta mágica que garantice que una sociedad entre dos o varias personas va a
funcionar a la perfección, sí hay una serie de normas que se deben tener en
cuenta y que, a priori, pueden garantizar al menos un entendimiento entre las
partes.
Una persona ambiciosa, honesta o popular. Emprendedora o con cierto nivel de
solvencia. Que sea prudente o no. Son preguntas que conviene no olvidar y tener
en cuenta a la hora de encontrar el socio ideal.
Precauciones
La mejor solución para evitar roces es atar
legalmente los problemas potenciales que se pueden presentar entre los socios y
afianzar el proceso de constitución de la empresa desde el principio. Destacamos algunas precauciones:
Saber explicar claramente la propuesta.
El proyecto empresarial se recoge en el Plan de
Empresa, para el cual se puede contar con ayuda externa, pero el emprendedor
tiene que saber comunicarlo perfectamente.
Para ser un buen hombre de negocios quizás no sea
necesario ser capaz de convivir, pero para ser buen emprendedor es necesario convivir
y eso requiere comunicar y convencer.
Profundo
conocimiento.
“La historia
personal, profesional, académica, sus aficiones, cómo vive y cuanto gasta cada
uno de los socios son elementos de juicio imprescindibles a la hora de una
eventual apuesta. Todo ello exigirá
meses de contacto, pero esta inversión de tiempo no será en vano en ningún
caso”
Asegurar al responsable.
“Es frecuente que el negocio dependa en gran medida
de una persona, de ahí la necesidad de algún seguro que le proteja de
eventualidades (incapacidad, fallecimiento,…) durante el tiempo que la
dependencia en exceso sea manifiesta”
Cubrir a los minoritarios.
“Un socio puede tener la mayoría del capital siempre
que se acepte un reconocimiento en los estatutos para que una serie de
decisiones claves (ventas de activos, adquisición de deuda o variaciones de
capital) exijan un consenso reforzado con una minoría razonable” Por ejemplo,
si un socio tiene el 60% y se exija para estas decisiones un 70% u 80% del
capital, lo que implica a otro 1 0% o 20%.
Errores
más frecuentes
Uno es el más fuerte.
El reparto de competencias debe quedar muy claro
desde el principio. Las co-presidencias
nunca son buenas. Sin embargo, un socio
en clara mayoría y otro en minoría puede llevar a que el primero imponga su ley
sin contar con los minoritarios.
El inversor no es necesariamente un buen gestor.
A menudo se
recurre a personas cuyo principal activo es que disponen de capital. Esto no debe suponer un puesto de
responsabilidad en la gestión diaria, para lo cual puede no estar
preparado. Las consecuencias a medio
plazo son desastrosas.
Diferente formación y culturas opuestas.
Si en las fusiones de bancos puede ser un handicap
que tarda varios años en resolverse, en una pequeña y nueva empresa resulta
desastroso. La creación de un equipo, al
margen de la capacidad de inversión, exige la complementariedad de los
asociados en función del talento de cada uno.
Un reparto ilógico del capital.
La división del capital se hace a veces siguiendo
sólo criterios financieros, lo que resulta ilógico cuando uno de los socios
aporta fundamentalmente su inventiva o su materia gris. Una diferencia inicial de 6.00 € puede ser de 60.000 € unos años después.
Recomendaciones
Prudencia
Esa es la norma básica a la hora de escoger un
socio. Todo lo demás depende de tal
cantidad de factores externos que es muy difícil establecer principios básicos
de selección, aparte de los obvios. Un
juerguista nato o una persona con problemas de alcohol, juego o drogas, por
ejemplo, es por regla, descartable. Es
necesario analizar a la persona, contrastar con conocidos la información que se
tiene de ella, pedir referencias e incluso, indagar en su pasado.
Conocimiento.
Los amigos y familiares que nos rodean suelen ser la
primera opción que se baraja a la hora de buscar un socio. Conocer a fondo tanto sus virtudes como sus
defectos puede ayudarnos a escoger entre ellos.
Es necesario, sin embargo, que no se vean
coaccionados por la relación existente para participar en el proyecto, sino que
participen en el mismo por voluntad y deseo propio.
Claridad.
Es importante dejar claras las reglas del juego
desde el primer momento, sobre todo si los socios son familiares o
parientes. Marcando bien las pautas de
trabajo se evitan bastantes problemas, muchas veces absurdos, que van
destruyendo la relación.
Número.
Hay que partir de la base de que cuantos más socios
haya, más difícil es que se pongan de acuerdo.
Por lógica, dos personas sería un número ideal, pero hasta tres, sería
una sociedad “políticamente correcta”
Solvencia.
Debe tratarse de una persona con cierto nivel de
solvencia. Un socio que dependa
directamente y desde un principio de lo que produzca con el negocio, puede ser
una dificultad. No se trata de buscar un
capitalista, sino de elegir alguien que al menos durante unos meses, pueda
ejercer su nuevo puesto en la sociedad, sin la presión económica que supone,
por ejemplo, una hipoteca.
Suerte.
Es el factor decisivo y sobre el que nadie puede
actuar. Sólo un consejo muy básico. En su elección, descarten a los gafes. Por si acaso.
A pesar de todo, y aunque se tengan en cuenta todas
estas claves en el proceso de selección del socio ideal, sólo el tiempo revela
si se acertó o no con la elección.

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