En las economías actuales, aparecen nuevas oportunidades de negocio para dar respuesta a necesidades hasta ahora inexistentes o insatisfechas o para mejorar la oferta existente. En este contexto, la figura del emprendedor, se convierte en un elemento central.
Para llevar a cabo tal efecto, es necesario seguir un plan predeterminado que guíe al futuro empresario hasta la consecución de sus objetivos: asentar el negocio y obtener beneficios en el menor tiempo posible.
Inicialmente, hay que delimitar claramente los ámbitos de actuación y el plan estratégico para poner en marcha la empresa. La elección del tipo de negocio es el punto de partida de todo proyecto empresarial. En torno a las ideas que inicialmente planteen los promotores se articulará toda una serie de actuaciones que llevarán, con el paso del tiempo, a la creación de la empresa.
Todo proyecto de empresa se desarrolla en torno a una idea, que surge como consecuencia de la detección de una oportunidad de negocio. El surgimiento de la idea para crear una empresa varía en función de las circunstancias de cada persona/personas. Son muchos los factores que pueden llevar a una persona a inclinarse por un negocio concreto. Con carácter general, los factores que determinan la elección de la idea son:
- Repetición de experiencias ajenas: es el efecto reflejo de los negocios nuevos, que se produce frecuentemente en las épocas de expansión de la economía.
- Nuevas oportunidades de negocio en mercados poco abastecidos, de nueva creación o con un alto porcentaje de crecimiento
- Conocimientos técnicos sobre mercados, sectores o negocios concretos.
- La experiencia del futuro empresario, que ha sido trabajador o directivo de otro negocio y que pretende independizarse.
- Cuando se posee un producto innovador que se estima que puede generar mercado.
- Cuando se trata de negocios o actividades de escasa complejidad que permiten a cualquier persona establecerse por cuenta propia en tal actividad.
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