Presentaciones vacías, reuniones sin propósito y títulos que no significan nada. Millones de empleados admiten en privado que su trabajo no tiene sentido.
"Fingimos trabajar": la revelación incómoda de la vida corporativa.
Hace unos días, Alex McCann se reunió a tomar un café con una empleada de una gran consultora. "Pasó veinte minutos explicándome su trabajo. No porque fuera complejo, sino porque intentaba convencerse a sí misma de que existía", cuenta el autor. La mujer, entre risas, resumió su función: "Facilito la alineación de las partes interesadas en equipos multidisciplinares. Sinceramente, ya no sé qué significa eso".
Esa confesión, tan absurda como representativa, le sirve a McCann para desnudar en su blog en Substack un fenómeno cada vez más visible: la ficción del trabajo corporativo. Oficinas llenas de profesionales que producen correos, presentaciones y reuniones que no conducen a nada, mientras todos fingen que algo importante está ocurriendo.
La gran simulación
En su ensayo, McCann observa que "caminar por la City o por Canary Wharf a las ocho de la mañana es como ver un ejército de personas con propósito". Trajes impecables, café en mano, auriculares conectados a llamadas que parecen vitales. Pero cuando uno los escucha hablar fuera de la oficina, admiten que su trabajo no tiene sentido.
"Gestionan proyectos que existen solo para justificar la existencia de gestores de proyectos. Elaboran estrategias para estrategias, optimizan cosas que no necesitaban optimizar", describe. Un amigo suyo, empleado de un banco internacional, le confesó: "Llego a las 8, me voy a las 8, y no puedo señalar nada tangible que haya hecho en el día. Digo que facilito la toma de decisiones, pero ya ni sé qué significa eso".
Reuniones sobre reuniones. Correos que nadie lee. Bienvenidos a la era del trabajo que no tiene sentido.
La economía del sinsentido
El antropólogo David Graeber lo llamó "trabajos de mierda". McCann prefiere hablar de una "economía oculta del sinsentido", donde analistas, consultores y gerentes se necesitan mutuamente para sostener la ilusión de productividad. "Todos saben que el modelo es una conjetura, que el taller es teatro, que la consultoría es sentido común con PowerPoint. Pero nadie puede romper el hechizo: nuestras hipotecas dependen de ello", ironiza.
El sistema corporativo, dice, es una versión moderna del cuento del emperador desnudo. Todos ven la falsedad, pero nadie se atreve a admitirla en voz alta.
Del empleo al financiamiento personal
Frente a ese vacío, muchos jóvenes profesionales han empezado a usar el trabajo corporativo como plataforma, no como identidad. McCann describe una generación que cumple con su jornada y luego dedica su energía real a proyectos propios: "Desarrolladores que programan sus productos por la tarde, marketers que gestionan sus agencias en secreto, consultores que automatizaron sus tareas y ahora crean algo propio".
El empleo corporativo, sostiene, "ya no es un fin, sino un medio de financiación para el trabajo real".
La crisis de fe en la oficina
Para McCann, la muerte del trabajo corporativo no será un colapso repentino, sino una lenta pérdida de fe, similar a la secularización religiosa. "Las estructuras permanecen: los edificios relucen, las reuniones ocurren, los correos circulan. Pero la creencia en que todo eso tiene un propósito se está evaporando".
Un vicepresidente de tecnología lo resumió con brutal honestidad: "Dirijo un equipo de doce personas que hacen documentos para otros equipos que hacen documentos que los directivos no leen. Gano 150 mil libras al año. Es completamente absurdo, y lo aprovecharé mientras construyo algo real por mi cuenta".
El fin de la fe (y el inicio de algo nuevo)
La pandemia aceleró esta revelación: quedó claro quién hacía cosas y quién solo estaba ahí. Hoy, el regreso a las oficinas reinstaló la actuación, pero ya nadie cree del todo. El disfraz se sostiene, pero sin convicción.
"El momento en que dejás de creer en la ficción corporativa es cuando podés empezar a usarla", concluye McCann. No como vocación, sino como infraestructura. No como propósito, sino como trampolín.
Su mensaje final es casi una liberación: "Tu trabajo no tiene que ser significativo. Tiene que ser útil. Útil para financiar tus proyectos, para ganar tiempo, para aprender. La locura no está en vos, está en el sistema que te pide fingir que reenviar correos es una carrera".
El empleo corporativo está muerto. Que viva lo que venga después.


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