En el debate internacional sobre sostenibilidad se está produciendo un cambio de enfoque. Sin embargo, para los mercados emergentes, esta conversación sigue marcada por una tensión de fondo: cómo avanzar hacia modelos más sostenibles sin renunciar al crecimiento económico que todavía necesitan para combatir la pobreza, mejorar infraestructuras y garantizar condiciones de vida dignas.
Esa es la idea central que plantea Lourdes Casanova, del Emerging Markets Institute de la Universidad de Cornell. Su planteamiento parte de una crítica clara: los indicadores ESG tradicionales —ambientales, sociales y de gobernanza— no siempre reflejan con justicia la realidad de los países emergentes, porque suelen evaluarlos con criterios diseñados desde la experiencia de economías avanzadas.
Crecer ya no puede ser “a cualquier precio”, pero tampoco puede detenerse
La crisis climática afecta a todo el planeta. Se manifiesta en olas de calor extremas, escasez de agua, contaminación urbana y presión creciente sobre los recursos naturales. Pero en muchos mercados emergentes esa crisis convive con otra urgencia igual de real: la necesidad de seguir creciendo para responder a necesidades básicas de millones de personas.
En ese contexto, la discusión no puede plantearse como una elección entre desarrollo económico o sostenibilidad. Para muchos de estos países, ambas dimensiones son inseparables. No pueden renunciar al crecimiento, pero tampoco pueden repetir modelos de desarrollo ambientalmente destructivos.
La cuestión, por tanto, no es elegir una prioridad y abandonar la otra, sino encontrar una forma de integrarlas.
El problema de los indicadores tradicionales
Uno de los argumentos más relevantes del artículo es que los marcos ESG clásicos pueden resultar injustos o incompletos cuando se aplican a economías emergentes. El motivo es sencillo: suelen medir el desempeño actual sin tener suficientemente en cuenta el punto de partida ni la trayectoria de cada país.
Eso genera comparaciones sesgadas. No es lo mismo evaluar a una economía consolidada, con altos niveles de renta, instituciones estables e infraestructuras maduras, que a un país que todavía está ampliando su red de transporte, mejorando el acceso al agua o reforzando sus servicios básicos.
Además, muchas economías emergentes no siguen trayectorias lineales. Su evolución puede verse alterada por crisis externas, transiciones políticas, cambios regulatorios o choques financieros. Por eso, juzgarlas únicamente por su fotografía actual puede ocultar avances estructurales muy importantes.
Una nueva propuesta: sumar desarrollo al enfoque ESG
Para corregir esta limitación, el Emerging Markets Institute propone un modelo alternativo: el marco D-ESG, que incorpora una “D” de desarrollo o crecimiento económico al esquema tradicional.
La propuesta parte de una idea de fondo muy potente: en los mercados emergentes, la sostenibilidad no puede evaluarse al margen del desarrollo. La capacidad de mejorar en materia ambiental, social y de gobernanza depende en gran medida de que exista una base económica suficiente para sostener esas transformaciones.
Por eso, el nuevo marco no trata crecimiento y sostenibilidad como objetivos enfrentados, sino como dimensiones interdependientes.
Tres cambios de mirada
El enfoque D-ESG introduce tres cambios relevantes.
El primero es que propone comparar a los mercados emergentes con otros países de características similares, y no con economías desarrolladas. Eso permite una evaluación más equilibrada y ajustada a su realidad.
El segundo es que integra de forma explícita el crecimiento económico en el análisis. El llamado pilar “D” incorpora variables como el PIB, el comercio, la innovación y el equilibrio fiscal. En esta metodología, el crecimiento económico pesa un 30 %, mientras que los factores ambientales, sociales y de gobernanza suman el 70 % restante. La lógica es clara: las condiciones económicas influyen directamente en la capacidad de un país para avanzar en sostenibilidad.
El tercer cambio es que el modelo no solo observa la situación actual, sino también la evolución de la última década. Así, no se limita a premiar a quienes ya están en posiciones más favorables, sino también a quienes están progresando con rapidez, aunque todavía no hayan alcanzado los niveles de los países más desarrollados.
Lo que revela esta nueva mirada
Aplicar este enfoque permite entender mejor las tensiones reales a las que se enfrentan los mercados emergentes.
El artículo destaca, por ejemplo, que China aparece como uno de los países con mejor desempeño global gracias a la fortaleza de su crecimiento económico en las últimas décadas. Sin embargo, también muestra debilidades claras en el plano ambiental, lo que refleja el elevado coste ecológico de su expansión.
En el extremo contrario, varios países latinoamericanos —como México, Colombia o Brasil— obtienen mejores resultados en el ámbito ambiental, pero muestran un dinamismo económico más débil. Esto sugiere que han logrado avances “verdes” sin acompañarlos con el mismo impulso en crecimiento.
Entre ambos extremos aparecen casos como Filipinas y Vietnam, que destacan por haber conseguido una combinación más equilibrada entre expansión económica y resultados sólidos en los tres pilares ESG.
Una transición más realista, más justa y más útil
La gran aportación del artículo es que invita a replantear la transición ecológica desde una perspectiva más realista. Para los mercados emergentes, la sostenibilidad no puede construirse sobre objetivos abstractos que ignoren las condiciones materiales de partida. Necesita marcos que reconozcan el progreso, valoren la mejora y atraigan inversión en lugar de penalizar de forma automática a quienes aún están recorriendo su camino de desarrollo.
Visto así, crecimiento y sostenibilidad no son agendas paralelas. Son partes de un mismo proceso. Sin desarrollo económico, resulta difícil financiar mejoras ambientales, reforzar instituciones o impulsar políticas sociales de largo alcance. Pero sin criterios de sostenibilidad, el crecimiento puede volverse frágil, desigual y ambientalmente insostenible.
Una idea clave para el futuro
El texto concluye con una reflexión importante: si se quiere construir una economía global verdaderamente sostenible, será necesario revisar la manera en que se mide el progreso. No basta con trasladar a los mercados emergentes los mismos indicadores concebidos para países ricos. Hace falta una visión más matizada, más comparativa y más sensible a la evolución real de cada contexto.
También será necesario mejorar la forma en que se mide la gobernanza, una dimensión decisiva del crecimiento sostenible, pero todavía difícil de cuantificar con precisión.
En definitiva, los mercados emergentes no están rechazando la sostenibilidad. Lo que están haciendo es recordarle al mundo que no puede haber transición ecológica sólida si no se integra, al mismo tiempo, la necesidad de desarrollo, inversión y prosperidad. Y esa quizá sea una de las lecciones más relevantes para la economía global de los próximos años.


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